La sociología política descolonizadora

 

por José Javier Capera Figueroa e Ismael Cáceres-Correa


Los elementos conceptuales de la sociología política en los años 80 del siglo XX, se caracterizó por proponer un diseño que pudiera analizar la organización socio-política de los distintos sectores de la sociedad moderna en función de reconocer la afinidad entre las instituciones, la ciudadanía y Estado, dicha relación contribuyó a generar tensiones epistémicas en la esfera pública que pudieran comprender el tipo de racionalidad y el modelo de sociedad impuesto por el capitalismo moderno.

La lógica expuesta por Janowitz (1996), sobre la capacidad reflexiva de los sociólogos y politólogos, al momento de plantear abordajes teóricos que permitieran analizar los problemas provenientes de las sociedades, las instituciones y el Estado en el marco del poder, la política y lo político, se configuraría como una de las actividades que implicaría constituir investigaciones orientadas a un diálogo propio de la sociología política.  

Por tal motivo, la apuesta de concebir una interdisciplina como es la sociología política, partió de asumir la existencia de un campo epistémico que logrará teorizar fenómenos asociados a las problemáticas del sistema/régimen político, el Estado, la institucionalidad, los movimientos sociales y la sociedad civil solo por mencionar algunos temas, siendo la plataforma conceptual que generaría una forma de investigación al interior de la estructura social y el sujeto en su realidad concreta (Oyhandy 2010).

La capacidad de desarrollar procesos de investigación que puedan establecer una comunicación entre la teoría y la práctica, significó un campo epistémico por constituir el sentido de los conceptos como herramientas acordes a la tarea de comprender los fenómenos, las relaciones y los comportamientos que emergen de la acción del sujeto en el plano político, social y cultura de la sociedad moderna, es decir, proponer un marco de referencia de la sociología política en el estudio de temas en particular, tal como es la teoría de los movimientos sociales (Sabine 1995).

Uno de los principales aspectos que tiene la sociología política, radica en su capacidad de desarrollar análisis de temas que vinculan elementos de la sociología y la ciencia política encargados de comprender los fenómenos sociales de la modernidad, para así lograr construir herramientas que tenga la posibilidad de acercarse de forma objetiva, subjetiva o intersubjetiva al estudio del objeto/sujeto como un problema de investigación.

El proceso de interacción entre la teoría y la realidad simboliza entrar en comunicación con el imaginario instituido propio de la filosofía y teoría de la política, aquí el sentido práctico de conocer aspectos centrales de teóricos/as que han problematizado la sociedad en su momento, sirve como herramientas para comprender la acción de los movimientos sociales, tal como es el concepto de lo político de Schmitt, la condición humana de Hannah Arendt, la teoría de la justicia de Rawls y las contradicciones/paradoja de la democracia liberal según Mouffe entre otras (Ritzer 1993), lo que demuestra la fuerza de retornar a los clásicos y establecer comunicación con discusiones en el plano filosófico que contribuyen a problematizar los fenómenos sociales desde y con la teoría en sí, lo que implica, asumir una dimensión reflexiva que tenga la capacidad de acercarse a la complejidad de la condición humana en su respectivo momento histórico articulado con la dimensión de la sociología política (Vallespín 1990).

En este sentido, asumir un análisis sobre un fenómeno en concreto desde la sociología política, se configura como un espacio analítico que permite teorizar, conceptualizar y contextualizar el sujeto, la estructura y la realidad social en un tiempo determinado, a su vez, situar en el escenario rutas metodológicas que sirvan como insumos e instrumentos acordes para acercarse de forma crítica al objeto/sujeto de estudio que se encuentra en desarrollo.

La perspectiva expuesta por Moreno (2011), señala que la sociología política se constituye como una interdisciplina que tiene la capacidad de asumir los intereses temáticos producto de discusiones como pueden ser los movimientos sociales solo por mencionar un caso, al ser un espacio epistémico que posee la capacidad de relacionar análisis profundos que sirven para explicar la acción colectiva de estos movimientos dentro de la esfera pública.

De esta forma, una de las ventajas conceptuales de la sociología política resulta ser su análisis sobre el cambio social y las condiciones de desarrollo de las sociedades modernas, que influyen en el propósito de interpretar el orden y proponer transformaciones desde y con los grupos subalternos frente a la racionalidad de los grupos hegemónicos funcionales al capital privado. Estas situaciones han permitido romper con la linealidad-disciplinar de asumir desde un enfoque tradicional la realidad, el contexto y la dinámica del objeto/sujeto en su comunidad.

La sociología política ofrece posibilidades teóricas al asumir como objeto de investigación los movimientos sociales modernos, a partir de las condiciones estructurales propia de una globalización, el Estado capitalista y la sociedad  civil sumergidos en los interés privados del capital, el cual se constituye a partir de los procesos políticos que influyen en una determinada  agenda institucional vinculada a la dinámica de los derechos civiles, políticos y culturales, la reivindicación identitaria o la resistencia como forma de lucha de distintos momentos de interacción y consenso entre el sujeto y la estructura social  (Vallespín 1990).

El sentido de interactuar con elementos, acciones, discursos y prácticas provenientes de los movimientos sociales en sus distintos enfoques como son la elección racional, la acción colectiva, la estructura de oportunidades políticas y la movilización social entre otros; responde a corrientes que se articulan con la estructura teórico – metodológica de la sociología política, partiendo de examinar su capacidad analítica de estudiar actores, colectivos y dinámicas propias que configuran diferentes momentos de la praxis del sujeto en función de constituir escenarios alternativos o funcionales al statu quo impuesto por los grupos dominantes (Flórez 2010).

La perspectiva expuesta por Oyhandy (2010) y Moreno (2011), al concebir los movimientos sociales como objetos que constituyen el campo epistémico de la sociología política, debido a la capacidad de establecer una interacción entre conceptos que han sido temas de reflexión por parte de algunos teóricos clásicos del pensamiento sociológico y politológico, tal como es la concepción de lo político y el decisionismo del Estado descrito por Schmitt, el análisis del contexto social caracterizado por la influencia del poder política desarrollado por Duverger o la perspectiva Weberiana sobre la burocracia, la autoridad, la racionalidad instrumental y la legitimidad de las instituciones como espacio de lucha simbólico-política de los movimientos sociales eurocéntricos.

Esta serie de elementos señalados hacen parte del conjunto de teorías que son abordadas por la sociología política y particularmente la necesidad de conceptualizar el tipo de enfoque encargado de analizar los aspectos que configuran la acción política de los movimientos. Por ello, la visión expuesta por Moreno al considerar que “los movimientos sociales son un conjunto de actores políticos no institucionalizados que sigue una lógica reivindicativa promoviendo u oponiéndose a cambio de estructuras sociales, y que conjugan diversas organizaciones y personas en procesos de movilización perdurables” (2011, 554).

Así pues, los movimientos sociales configuran un tipo de acción resultado de la organización, la reivindicación de las luchas sociales, el sentido pedagógico de la movilización y la disputa coyuntural por transformar las condiciones de existencia, que toman distancia de cualquier expresión de organización política institucionalizada (grupo de presión, choque, partido político, sindicato y organizaciones sociales). Tal como sucede con enfoques como la Teoría de Movilización de Recursos (TMR), los Nuevos Movimientos Sociales (NMS), que han sido campos del conocimiento coherente con el análisis de la estructura de organización, los repertorios de conflictos, la capacidad de movilización social, las oportunidades políticas y el sentido de reivindicación socio-cultural, a través de las identidades colectivas del sujeto en comunidad.

La sociología política en su contenido analítico, ha permitido generar un análisis profundo sobre la dinámica de acción colectiva de los movimientos y su disputa por reflexionar sobre la postura de los movimientos sociales frente al Estado, las instituciones, la sociedad civil y el marco de legitimidad frente a las problemáticas pensadas y ejercidas desde arriba. Aquí toma sentido que la TMR y los NMS se encuentran inmersos en un contexto marcado en el abordaje de la protesta social y el cambio de paradigma transformativo de los movimientos sociales.

De esta forma, “algunas discusiones se centraron en determinar si realmente los movimientos de los años ochenta eran nuevos respecto a los precedentes. Para ciertos autores como Claus Offe, representante de la Escuela de Frankfurt contemporánea, ciertamente hay una ruptura radical entre ambos momentos de la acción colectiva. Los movimientos de los años ochenta – dice el autor - inauguran un “nuevo paradigma político”, al cuestionar el crecimiento económico, la distribución de la riqueza y la seguridad como los valores que sostienen el paradigma político basado en el Estado del bienestar, el sistema de producción fordista y la democracia formal de los partidos políticos” (Flórez 2010, 36).

La sociedad moderna inmersa en el sistema-mundo capitalista, se ha constituido como un punto de referencia que permite reflexionar sobre el papel de los movimientos sociales al interior de la democracia, y como a partir de sus practicas se configura procesos de democratización y oxigenación de los procesos políticos que van más allá de la lógica institucional impuesta por los grupos hegemónicos desde arriba. Por ende, “el sistema mundo moderno es producido en el proceso de expansión colonial europea que conecta por primera vez las diferentes regiones del planeta, dándole así una nueva escala (global). En el mismo sentido, Escobar subraya que “el objetivo es labrar nuevas formas de análisis, no contribuir a los ya establecidos sistemas de pensamiento (eurocéntrico), sin importar cuán críticos sean éstos” (Restrepo y Martínez 2010, 19-20).

La crítica conceptual realizada por el enfoque marxista clásico en su interpretación de los movimientos sociales, recae en la reducción de asumir la acción colectiva desde el actor político que impone una lógica instrumentalista de los sectores hegemónicos, a su vez, la noción eminentemente económico y material de asumir el movimiento social como una expresión basada en la lucha de clases por subvertir el poder político dominante.

Sin embargo, las discusiones teóricas de enfoques utilizados por la ciencia política y la sociología (elección racional, institucionalismo, behaviorismo, feminismo, estructuralismo y teoría de sistemas), han podido establecer análisis sobre las reivindicaciones socio-culturales que se encuentran en el campo no-institucionalizado de la acción y el discurso de los movimientos sociales en la esfera pública. Siendo un aspecto que permite determinar la capacidad de decisión política, que tienen esta serie de actores colectivos encargados de cuestionar y transformar las estructuras burocráticas, las relaciones sociales basadas en un sistema racional de normatividad moderna y la necesidad de coexistir entre el impulso y las emociones, al ser factores que inciden en la constitución de la praxis de los movimientos sociales.

La sociología política en su proyecto de establecer un proceso de institucionalización contemplado en la dimensión teórico-metodológica y práctica ha promovido la construcción de técnicas en común que sirvan como rutas por agrupar discusiones teóricas propias del campo epistémico de dicha interdisciplina. Al mismo tiempo, la importancia de problematizar objeto/sujeto de investigación a partir de los presupuestos epistémicos acordes a las generalidades funcionales a los intereses de este campo del conocimiento, se ha convertido en un antecedente por asumir una perspectiva integral de temas como los movimientos sociales en el marco de la sociedad moderna/capitalista.

Por tal motivo, la pluralidad de distinciones sobre los movimientos sociales (ecologistas, femenistas, antisistémicos, sistémicos, de resistencia, agrarios, raciales y populares), se instituyen como actores colectivos que pueden ser analizados desde enfoques coherentes con la dimensión teórico-metodológica de la sociología política descolonizadora (Flórez 2010). Tal como significa, asumir la concepción de la psicología de masas, multitud y espontánea que se identifica con el carácter psicosocial debido a la irracionalidad producida por un comportamiento colectivo, el contagio de masas en escenarios con las manifestaciones obreras, las huelgas y la resistencia civil.

Tal como sucedió en la Comuna Parisina de 1871, dichos momentos representan una atomización del agente en la estructura social, al interior del proceso de movilización de las masas. En este marco de ideas, los postulados de Gustave Le Bon (1895) y Gabriel Tarde (1901), señalan que las masas son irracionales debido a su incapacidad de canalizar las pasiones, pulsos y sensaciones que se encuentra constituidas en una “unidad mental” en el marco de la compleja manifestación social.

Por otro lado, aparece el enfoque del comportamiento colectivo en los años veinte y treinta, el cual fue teorizado por la Escuela de sociología de Chicago en los Estados Unidos, en donde se encuentra exponentes como Robert, E. Park, Herbert Blúmer y Burgess (interaccionismo simbólico) (Sabine 1995), los cuales asumen una postura de reconocer que los movimientos sociales son resultado de una expresión constante de cambios profundo de las sociedades, debido a su capacidad de dinamizar factores políticos, económicos, urbanos, agrarios, tecnológicos, migratorios e identitarios. En este sentido, plantean que estos actores colectivos se encuentran dentro de un marco de procesos no-institucionalizados orientados a la reconstrucción del sistema político en su generalidad simbólica.

Al mismo tiempo, aparece una postura divergente de asumir los movimientos sociales desde el enfoque del comportamiento colectivo y su vínculo con la movilización, al ser un intento por generar una postura del significado de nuevas formas de la realidad social, en contravía de proponer una búsqueda por re-establecer un posible equilibro con respecto a los intereses funcionales del sistema en su generalidad.  Por ello, el enfoque estructural-funcionalista en los años 50 y 60 del siglo pasado, asumió un discurso contrario a lo propuesto por la escuela del interaccionismo simbólico, la razón de ser radicaba en las ideas de pensadores como Parsons (1951), Smelser (1963) y Merton (1975), los cuales partieron de concebir un sistema al interior de un subsistema de variables, enfocadas a concebir los factores sistémicos como detonantes indicados para explicar la lógica de la protesta social. Igualmente, reconocer que los movimientos sociales se encuentran al interior de una realidad micro-estructural basada en asumir una posible restauración y equilibro de cualquier sistema social.

La mirada conceptual de la sociología política de reconocer el enfoque del estructural-funcionalismo, responde a los factores constituidos de las sociedades modernas, los cuales reproducen una lógica de autorregulación, equilibro y dinamización de los elementos que se encuentran interconectados con las demandas, intereses y procesos propios de los movimientos sociales. Esta situación se configura como un factor que influye en la emergencia de formas de comportamiento colectivo sustentados en la estructura societal, frente a la incapacidad de las instituciones de asumir/mantener un tipo de cohesión social.

En efecto, el vínculo del comportamiento colectivo, al ser un factor que explica la dimensión de la estructura social sustentando en explicar los movimientos como resultado de la desintegración social, exige la necesidad de analizar los factores que repercuten en la disfuncionalidad, marginalidad y dispersión de los agentes que configuran la sociedad como un sistema integrado enfocado a establecer el orden social.

Otro enfoque analítico en el estudio de los movimientos sociales, resulta ser la corriente teórica de la sociedad de masas que tiene gran relevancia en el campo de la sociología política, al ser una perspectiva teórica que emerge en los años setenta/ochenta tiempo en el cual los debates epistemológicos de esta interdisciplina del conocimiento, se encontraba en constante boga por parte de la escuela americana (Berkeley University) y la academia inglesa (Oxford University), al ser consideradas como las instituciones predominantes, representativas y tradicionales en la tarea por asumir un estatus teórico- metodológico acorde a los intereses coherentes de este campo de investigación en su proyecto de institucionalización al interior de las ciencias sociales  (Oyhandy 2010) y (Sandoval y Capera 2017).

La perspectiva de la sociedad de masas se caracterizó por establecer presupuestos provenientes de la psicología social, parte de esta teoría recurre a los postulados de la filosofía/teoría política de pensadores/as como Ortega y Gasset, Hannah Arendt y William Kornhauser, los cuales señalaron que esta mirada promueve el desarrollo de organizaciones e instituciones burocráticas que tienen la finalidad de regular, controlar y monitorear la vida del conjunto de los individuos automatizados.

Parte de este fenómeno, se relaciona con la aparición de situaciones estructurales que generan un cambio de paradigma e imaginario al interior de la sociedad, tal como es la industrialización, la revolución de la ciencia, la urbanización y la perdida y sucesión del poder político por parte de las élites. Así pues, circunstancias como las mencionadas, repercuten en la ruptura de los vínculos habituales de la época, el tejido de la sociedad y la desconexión estructural del individuo con las instituciones tradicionales (familia, comunidad, iglesia, escuela, cárcel y hospital entre otras).

Por tal razón, “Anthony Giddens considera a los movimientos como los actores llamados a ofrecer pautas significativas para potenciales transformaciones de la modernidad. Particularmente, entiende que los movimientos obreros ofrecerían alternativas a la acumulación de capital en el actual contexto de mercados competitivos; los ecologistas lo harían frente a la transformación industrial de la naturaleza; los movimientos pacifista, ante el control militar de los medios de violencia; y por último, los movimientos democráticos serían los llamados a dar alternativas al control de la información y la falta de supervisión social” (Giddens 1990 citado por Flórez 2010, 49).

La crítica realizada al enfoque de la sociedad de masas en su pretensión de explicar la constitución de los movimientos sociales, tiene que ver con la idea de pensar la estructura atomizada del individuo (enajenado, alineado y sumiso), en función de la lógica de los grupos hegemónicos de la sociedad.  Lo que implicaría, la posibilidad de existencia de un estado de movimientos fundamentados en la protesta social como un instrumento ante la falta de integración, cohesión y solidaridad de los individuos que integran dicha colectividad, asimismo, significa la mentalidad de los actores proclives a ser manipulables por los grupos radicales y antidemocráticos como fueron los movimientos totalitarios del siglo XX (franquismo, nazismo, fascismo y estalinismo).

El estudio de los movimientos sociales como objeto de reflexión para la sociología política, se ha convertido en un referente de investigación social debido a la pluralidad de enfoques que han tratado de comprender las formas, discursos, razones y características en materia social, económica, política, cultural e identitaria en el marco de los procesos políticos entre el ciudadano, la sociedad y el Estado. Lo que implica reconocer los diferentes paradigmas que permiten explicar las emergencias de los MS en la esfera pública, y los impactos en la reconfiguración de las demandas, emergencias y luchas por generar espacios en la sociedad civil.

La capacidad de reconocer la racionalidad proveniente del Estado, las instituciones y la sociedad que concibe el poder político como un constructo que determina los procesos al interior de lo público, va en contravía de la praxis subalterna que promueven los movimientos sociales al ser actores colectivos que proponen una agenda alternativa en temas como la ecología, los derechos sexuales, lo político, la cultura y la organización socio-territorial del espacio en comunidad.

En efecto, los enfoques descritos aportan elementos que permiten comprender la compleja dimensión de los movimientos sociales, a partir del contenido epistémico que constituye la sociología política que relaciona enfoques teóricos como son la elección racional, la movilización de recursos y las oportunidades políticas, que conforman una dimensión que da privilegio a los factores institucionales, normativos y simbólicos que existen en la dinámica de acción de los MS en la esfera pública.

La necesidad de reconocer los movimientos sociales como objetos instituyentes de las discusiones teórico-metodológicas de la sociología política, al proponer investigaciones que asumen la dimensión empírico-analítica y socio-cultural resultado de los procesos que emergen de las fisuras que genera la acción colectiva de los MS en determinados fenómenos de la sociedad. A su vez, la emergencia de posturas alternas orientadas a cuestionar y poner en el debate público nuevas discusiones que han sido negadas/ignoradas por los grupos hegemónicos.

Los enfoques de los MS en la década de los sesenta y setenta del pasado siglo, fueron asumiendo cambios producto de las crisis de la democracia, la privatización de las libertades individuales y colectivas, sin dejar a un lado, el amplio cuestionamiento a las prácticas políticas generadoras de desigualdades estructurales al interior de la globalización. Posteriormente, la agenda política pasa a ser funcional a las necesidades del ámbito económico, lo que implicó desde los años 90, una lógica de privatización de lo público y la implementación de recetas de carácter neoliberales que transformaron la relación Estado, convirtiéndolo en una empresa funcional al interés del capital transnacional, siendo un factor de constante denuncia por distintos movimientos sociales.

Dicha situación, es antecedente que ha motivado la disyuntiva entre la dimensión política y económica del Estado y las instituciones con respecto a las demandas de la sociedad civil. Sin embargo, las luchas sociales enfocadas a reivindicar las demandas de los movimientos sociales que no pretenden la obtención del poder político, sino la apuesta en marcha de una nueva agenda que establezca aquellos temas negados por los intereses personalistas de la clase política tradicional de cada nación.

La necesidad de reconocer que los MS se han convertido en un objeto/sujeto de investigación de amplia referencia en los estudios de la sociología política, no tiene que ver con la riqueza de teorías y enfoques destinados a comprender la superación del plano político anacrónico (socialismo-capitalismo), sino a la posibilidad de politizar temas acorde a las necesidades reales de dichos actores colectivos en su momento. Lo mismo sucede con la demanda por una educación gratuita, pública y de calidad (la situación de los movimientos estudiantiles en América Latina ante la des-financiación del Estado en los sistemas universitarios), el movimiento alter/antiglobalización y su lucha frente a la superación de la desigualdad extrema en el mundo, la defensa por la vida, la tierra y el territorio de los pueblos indígenas en la región o la lucha por la autodeterminación del cuerpo y las libertades sexuales (movimientos feministas y de género) entre otros (Flórez 2010).

Los movimientos sociales en nuestra época vistos desde una perspectiva epistémica de la sociología política, se encuentran en medio de una serie de cuestionamientos focalizados a debatir los límites del ámbito institucional gubernamental que existe en la sociedad moderna debido a la incapacidad de lograr dar respuestas a las demandas a partir de las necesidades endógenas propias de los MS (Moreno 2011). A su vez, la racionalidad instrumental propia del proyecto de la modernidad que configura una realidad basada en dicotomías estructurales, al momento de concebir un tipo de sociedad, en donde esta pre-establecido un régimen político, un modelo societal y los intereses de instituir una agenda estatal funcional a los intereses de los grupos hegemónicos (Melucci 1980).

Parte de esta lucha constituyen nuevos espacios que van más allá de la visión clásica de la participación política, la politización de lo público, la agenda estatal y los procesos políticos propuestos en el marco institucional. La praxis de los movimientos sociales asume un giro entre el Estado, la ciudadanía y la sociedad civil, ya que en su acción ejerce una postura por cuestionar y subvertir el statu quo o re-producir la lógica existente del sistema capitalista.

La creciente complejidad de los fenómenos que configura la sociedad moderna dentro de la estructura del sistema-mundo moderno capitalista, refleja el desborde de la política y los límites de la institucionalidad, dando paso a la demanda fruto de la praxis de lo político. Al ser un espacio que responde aquellas formas no-institucionalizadas del poder, tiene la capacidad de canalizar las inconformidades que contribuyen a replantear otro tipo de unidad social en la esfera pública a cargo de la dinámica socio-cultural y la forma de organización de los movimientos sociales (Alonso 2016).

Por tal motivo la sociología política en su tarea de lograr un análisis profundo sobre los viejos y nuevos movimientos sociales, logra recuperar propuestas que establecer la idea de la sociedad como una colectividad que se auto-produce y genera una regulación de los procesos endógenos/exógenos que constituyen la relación entre el sujeto y la estructura social. Por ello, aparecen análisis enfocados a reconocer las libertades, las reivindicaciones socio-culturales, la luchas étnico-raciales y la defensa del territorio como dimensiones que reflejan los intereses constitutivos de la acción colectiva de los sujetos que conforman un movimiento social, el cual pretende superar la lógica de la dominación social, patriarcal, racional y moderna-capitalista, con el fin de establecer una nueva agenda que no es contemplada por el poder político institucionalizado pero que si representa los sentipensares de los actores que asumen un giro sobre la realidad social existente.

La capacidad de reconocer una dimensión descolonizadora de la sociología política asume un giro por reconocer enfoques alternativos e interdisciplinarios, tal como sucede con la investigación acción, la acción-participativa, la teoría fundamentada, la etnopaz, las metodologías horizontales y los paradigmas del Sur-Sur. A su vez, permite el diálogo abierto sobre los tipos de racionalidades, emociones y saberes que provienen de la experiencia de los sujetos, las comunidades y los movimientos sociales en el ámbito urbano/rural (Sandoval 2016).

La necesidad de asumir una re-estructuración del modo de hacer ciencias sociales, implica reconocer una praxis de abajo, que pueda ser coherente con el impensar los modelos y superar la lógica que históricamente se ha construido sobre un tipo de ciencia moderna/colonial acorde a las demandas de los grupos hegemónicos. La disputa radica en lo que señala Sandoval y Alonso (2015), de asumir un sujeto que reflexione sobre su contexto y proponga alternativas comunales, teniendo en cuenta la autonomía y el pensamiento crítico innovador en los territorios.

En este orden de ideas, la sociología política Latinoamericana tiene un gran campo de oportunidad que puede ser desarrollando en temas/fenómenos en concreto como son: los movimientos sociales, indígenas, ecológicos, feministas y estudiantiles, pero también la problematización de las relaciones entre el sujeto colectivo con el Estado, la sociedad civil y el gobierno con respecto a plantear nuevos modelos de constituir la democracia que rompen con la visión moderna/colonial del liberalismo.

El proceso de de(s)colonización de la sociología política debe plantearse debates teórico-metodológicos sobre las formas de hacer ciencia con el sujeto invisibilizado y los temas que históricamente han sido negados por parte de las corrientes eurocéntricas. Lo que simboliza, dar cuenta de fenómenos como el sentipensar, la ecología de saberes, política, afectiva, emocional, los procesos anti-sistémicos, los pueblos en movimiento, las redes populares de resistencia y los movimientos contestatarios entre otros. Ya que proponen nuevas lógicas que rompen con los dogmas coloniales de la sociedad neoliberal y el Estado capitalista moderno (Sandoval, Proto y Capera 2018).

El sendero epistémico de refutar la producción de conocimiento legitimado y validado solo por la academia, tiene que ver con la critica a los modelos cientificistas, los cánones y los paradigmas modernos/colonialistas que instauran un imaginario colectivo propio de una ciencia positivista que desconoce los espacios socio-culturales y la intersubjetividad el sujeto en su contexto espacial y temporal propio de su existencia en comunidad (Sandoval 2018). Por ello, es de suma importancia una crítica a la racionalidad instrumental y dar paso al proceso dialógico horizontal que pueda constituir narrativas, prácticas y pensamientos orientados a la transformación de las problemáticas del sujeto político.

Tales refutaciones no significan un desprecio por la ciencia moderna producida, sino que representa un giro de ir más allá y dejar a un lado la re-producción del conocimiento. Con el fin de diversificar las narrativas que están en contra de la violencia, la explotación, la dominación y la negación de las identidades y la otredad. Siendo una muestra que se localiza en las luchas subalternas que optan por superar las pretensiones coloniales, imperiales y modernas de asumir un solo tipo de ciencia, para dar el salto hacia una descolonización que busca reconocer la diversidad de prácticas, la experiencia social, la investigación desde las comunidades y las rebeliones antisistémicas que pretenden superar los dilemas de validez, universalización y legitimidad propios de los métodos científicos y las ciencias sociales eurocéntricas.

La emergencia de este tipo de sociología política descolonizadora no se sustenta en la no- reproducción de conocimientos coloniales, sino en dar el paso a la intersubjetividad, la subalternización, los saberes desde abajo, las cosmovisiones y las culturas otras de las comunidades y grupos oprimidos. Lo que apunta a superar la lógica de la intervención epistémica para reconocer la horizontalidad de conocimientos populares y descoloniales. Asimismo, el imperativo de asumir una praxis subalterna se enmarca en las luchas epistémicas por desquebrajar los moldes normativos, anacrónicos y estructuralistas de los grupos hegemónicos promotores de la relación universidad-empresa en el contexto del capitalismo cognitivo.

El giro decolonial, como una opción propicia para la sociología política de Nuestra América, está basado en el reconocimiento de las luchas de los pueblos y la revolución de las comunidades que asumen un rol intercultural al detonar un poder popular desde abajo. Este es el eje de una dimensión propositiva en un orden subalternizado por construir un mundo dentro de otros mundos posibles y necesarios,  en medio de la hostilidad  propia de la guerra del capital contra los tejidos comunitarios y la acumulación por desposesión de los territorios.

En este sentido, la experiencia de analizar y coexistir con la praxis de los movimientos sociales en sus demandas al interior de la sociedad civil y el Estado, tiene que ver con una lógica que plantea un ordenamiento distinto a la colonialidad del poder y propone una emergencia de corrientes alternativas que sean co-laborativas en las luchas descoloniales propias de una intersubjetividad del sujeto en la esfera individual y colectiva. La cuestión radica de establecer un pluralismo epistémico-subalternos sobre los ejes fundacionales de una sociología política nuestramericana.

Otra perspectiva sobre la sociología política descolonizadora se encuentra en el análisis de los procesos políticos, epistémicos y subalternos de las comunidades en su lucha por constituir “otras” realidades sobre la democracia, el Estado, el gobierno y la sociedad civil. Parte de esta disputa refleja la subalternización de los poderes populares del sujeto oprimidos y la liberación de la praxis por configurar un escenario en función de las necesidades de formas organizativas desde y con los de abajo.

En definitiva, la apuesta epistémica por reflexionar sobre la descolonización de la sociología política tiene que ver con un diálogo intercultural de saberes y una ecología de prácticas populares de las comunidades, movimientos y actores colectivos que proponen otras formas de concebir el poder político, la democracia y el Estado. Por ende, exigen narrativas alternativas para lograr leer dichas realidades desde un enfoque y pensamiento crítico Latinoamericano.

 

 

Referencias

Alonso, Jorge. (2016). El pensamiento crítico y los Zapatistas. Utopía y Praxis Latinoamericana, 21(73), 57-71.

Flórez, Julia. 2010. Lecturas emergentes: decolonialidad y subjetividad en las teorías de movimientos sociales. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.

Janowitz, Morris. 1966. “Sociología política”. Revista de estudios políticos (145): 79-96.

Melucci, Alberto. 1980. “The new social movements: A theoretical approach”. Social Science Information 19 (2): 199-226.

Moreno, Luis. 2011. “Sociología Política”. En Teoría sociológica moderna, coordinado por  Salvador Giner, 603-13. España: Ciencias Sociales Ariel.

Oyhandy, Ángela. 2010. “Sociología Política”. En (Pre)textos para el análisis político. Disciplinas, reglas y procesos, coordinado por Eduardo Villarreal Cantú y Víctor Hugo Martínez González. México: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO); Universidad Von Humboldt.

Restrepo, Eduardo y Axel Rojas. 2010. Inflexión decolonial: fuentes, conceptos y cuestionamientos. Popayán: Universidad del Cauca.

Ritzer, George. 1993. Teoría sociológica clásica. Madrid: Ediciones McGraw-Hill.

Sabine, George. 1995. Historia de la teoría política. México: Fondo de cultura económica.

Sandoval, Eduardo y José Capera. 2017. “El giro decolonial en el estudio de las vibraciones políticas del movimiento indígena en América Latina”. Revista FAIA 6 (28): 1-30.

Sandoval, Eduardo, Fernando Proto y José Capera. 2018. Discusiones, problemáticas y sentípensar latinoamericano. Argentina: Arkho Ediciones.

Sandoval, Eduardo. 2016. Educación para la paz integral -Memoria, interculturalidad y decolonialidad. Bogotá: ARFO Editores e Impresores LTDA Bogotá: Fundación HEMERA.

Sandoval, Eduardo. 2018. Etnografía e Investigación acción intercultural para los conflictos y la paz. Metodologías Descolonizadoras. Venezuela: Editorial Alfonso Arena, F. P.

Sandoval, Rafael y Jorge Alonso. 2015. Pensamiento crítico, sujeto y autonomía. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social /Cátedra Jorge Alonso.

Vallespín, Fernando. 1990. Historia de la teoría política. Madrid: Alianza Editorial.

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